Reseña Literaria sobre el libro de poesía Soles Manchados de Pilar Vélez por el poeta Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

He retornado a este libro de Pilar Vélez, como un náufrago, como un viajero de muchos mares, que por un instante necesita poner su mano en visera para vislumbrar lo que ha dejado atrás, sus remos vehementes. ¿Y que he encontrado?: otro mar, un Mediterráneo, más sereno, más reposado que los febriles océanos con huracanes y tsunamis. Aquí la palabra no juzga, no sentencia, se integra al viento del universo, con su tiempo inexorable, que teje amor y desamor, como una Penélope contemporánea que conoce la magia, pero también, el límite:

la palabra en la ausencia
dándonos el ala que nos falta

Justo en ese límite, como un interregno propicio, se prende la ilusión, el fulgor del otro:

hora en que el universo
se abre en ventanales para verte

Entonces el Mediterráneo alcanza su equilibrio, su mediasombra bajo soles manchados:

tu paz
se ha llevado mis sombras 

Viene el contraflujo, la baja marea que advierte a la artista sobre la fugacidad del instante, lo efímero del vuelo que, como Ícaro, ella misma ha inventado, para sobreponerse:

su belleza es un espejismo

aprendí a caminar las huellas del exilio

ebria en tu espejismo

Grato para mí, ocioso lector, encontrar que las fuertes pasiones humanas: amor, desamor, deseo, pérdida, lucha, permanencia, pueden cifrarse con un mínimo de conmoción sentimental, con la naturalidad  de la hoja que cae en otoño o el río que, desapasionado, retorna al mar:

árboles que descascaran la piel
parar atestiguar el tiempo  

acompañaré al recuerdo
de esos que se amaron ingenuos
en los despertares de la carne   

soy una mujer recién salida de la concha
libre para regocijarme en el tiempo   

te dejo mi vacío
el abrazo que faltó

Por eso, esta nueva navegación en los versos de Pilar Vélez, me ha corroborado que bajito se escucha mejor, que un gesto, un roce de ala, una tenue caída de tarde, son más elocuentes que los excesos verbalistas. El molino ya no está, pero el viento sigue todavía, nos cinceló con sabiduría Vincent van Gogh, y es justo ese viento, apenas perceptible, apenas insinuado, el que mejor nos ata a la tierra, sus dones y sus vacíos:

dejé que el viento se llevara
la carne y la memoria

este viento ensañado
en hacer polvo a la oruga

– Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz,

Santiago de Cali, junio 3 de 2014